La Mente Universal
agosto 4, 2017
Triunfar en la Vida
agosto 4, 2017

El Amor

Distinguidos caballeros y damas: esta noche me dirijo a todos ustedes con el propósito de hablar, en forma enfática, sobre eso que se llama “amor”. Hemos escogido tal tema por tratarse del día de SanValentín, el patrón del amor. Indubitablemente, Valentín fue un gran Maestro de la Gnosis; fundó una escuela denominada de los “Valentinianos”; fueron gentes que se dedicaron a los estudios del esoterismo crístico en todos sus aspectos; por eso es que hoy nos dirigimos a ustedes, en forma precisa, para hablarles sobre el milagro del amor.

En nombre de la verdad he de decirles que el amor comienza con un destello de simpatía, se substancializa con la fuerza del cariño y se sintetiza en adoración. ¡Amar, cuan grande es amar; solamente las grandes almas pueden y saben amar! Para que haya amor, se necesita que haya afinidad de pensamientos, afinidad de sentimientos, y preocupaciones y pensamientos idénticos.

El beso viene a ser la consagración mística de dos almas, ávidas de expresar lo que internamente viven; el acto sexual viene a ser la consubstancialización del amor, en el realismo psicofisiológico de nuestra naturaleza.

Un matrimonio perfecto es la unión de dos seres: uno que ama más y otro que ama mejor; el amor es la mejor religión asequible.

Hermes Trismegisto, el tres veces grande Dios Ibis de Thot, dijo: “Te doy amor, en el cual está contenido todo el summum de la sabiduría”.

¡Cuán noble es el ser amado, cuan noble es la mujer, cuando en verdad están unidos por el vínculo del amor! Una pareja de enamorados se torna mística, caritativa, servicial; si todos los seres humanos viviesen enamorados, reinaría sobre la faz de la Tierra la felicidad, la paz, la armonía, la perfección.

Ciertamente, un pañuelito, una fotografía, un retrato, provocan en el enamorado, estados de éxtasis inefable; en tales momentos se siente comulgar con su amada, aunque se encuentre demasiado distante, ¡así es eso que se llama “amor”!

En Estados Unidos y también en Europa existe una Orden denominada la “Orden del Cisne”; los afiliados a esta Orden estudian y analizan, en forma profunda, todos los procesos científicos relacionados con el amor. Cuando la pareja está en realidad enamorada, de verdad, se producen dentro del organismo transformaciones maravillosas. El amor es una efusión o una emanación energética que brota desde lo más hondo de la Conciencia; esas radiaciones del amor estimulan a las glándulas endocrinas de todo el organismo, y ellas producen millonadas de hormonas que invaden los canales sanguíneos, llenándolos de extraordinaria vitalidad. “Hormona” viene de una palabra griega que significa “ansia de ser”, “fuerza de ser”. ¡Cuan pequeña es una hormona, pero cuan grandes poderes tiene para revitalizar el organismo humano! En realidad de verdad, uno
se asombra al ver a un anciano decrépito cuando se enamora; entonces sus glándulas endocrinas producen hormonas suficientes como para revitalizarlo y rejuvenecerlo totalmente.

¡Amar, cuan grande es amar; solamente las grandes almas pueden y saben amar! El amor, en sí mismo, es una fuerza cósmica, una fuerza universal que palpita en cada átomo, como palpita en cada Sol.

Las estrellas también saben amar. Observemos las noches deliciosas de plenilunio: ellas se acercan entre sí, y a veces se fusionan e integran totalmente… “¡Una colisión de mundos!”, exclaman los astrónomos; mas en realidad de verdad lo que ha sucedido es que dos mundos se han integrado por los lazos del amor.

Los planetas de nuestro sistema solar giran alrededor del Sol, atraídos incesantemente por esa fuerza maravillosa del amor. Observemos el centelleo de los mundos en el firmamento estrellado: comulga, tal centelleo luminoso, las ondas de luz, las radiaciones, con el suspiro de la flor… Hay amor entre la estrella y la rosa, que lanza al aire su perfume delicioso; el amor en sí mismo es profundamente divino, terriblemente divino.

En los tiempos antiguos, siempre se rendía culto al amor, a la mujer; no hay duda de que la mujer es el pensamiento más bello del Creador, hecho carne, sangre y vida. Realmente, la mujer ha nacido para una sagrada misión, cual es la de traer los hijos a éste mundo, la de multiplicar la especie. La maternidad en sí misma es grandiosa; en el México antiguo hubo siempre una divinidad consagrada, precisamente, a aquellas mujeres que morían durante el parto; se decía que “ellas continuaban, en la región de los muertos, con sus criaturas en brazos”; se afirmaba, en forma enfática, que “después de cierto tiempo ingresaban al Tlalocan, el Paraíso de Tláloc”. Realmente, siempre en el México Azteca se le rendía culto a la mujer, al amor, a la maternidad; por eso las mujeres que morían de parto, eran consideradas entre las gentes de Anáhuac como unas verdaderas mártires que entregaban su vida en nombre de una gran causa.

Amar es algo inefable, divino; amar es un fenómeno cósmico extraordinario; en el rincón del amor sólo reina la dicha. Cuando una pareja está unida en la cópula sexual, con lazos de verdadero amor, las fuerzas más divinas de la naturaleza le rodean (esas fuerzas crearon el cosmos, esas fuerzas han venido nuevamente, para volver a crear); en esos momentos, el hombre y la mujer son verdaderos Dioses, en el sentido mas completo de la palabra, pueden crear como Dioses, ¡he ahí lo grandioso que es el amor! Son extraordinarias las fuerzas que rodean a la pareja durante el acto sexual, en la cámara nupcial; el ser humano podría retener esas fuerzas extraordinarias si no las malgastara en el holocausto del placer animal que a nada conduce, si en verdad respetara la fuerza maravillosa del amor.

El hombre es la fuerza expansiva de toda creación; la mujer es la fuerza receptiva y formal de cualquier creación.

El hombre es como el huracán; la mujer es como el nido delicioso de las palomas en los templos, o en las torres sagradas.

El hombre, en sí mismo, tiene la capacidad para luchar; la mujer, en sí misma, tiene la capacidad para sacrificarse.

El hombre, en sí mismo, tiene la inteligencia que se necesita para vivir; la mujer tiene la ternura que el hombre necesita cuando regresa diariamente de su trabajo.

Así que, entonces, hombre y mujer son las dos columnas del templo; esas dos columnas no deben estar demasiado lejos ni demasiado cerca; debe haber un espacio para que la luz pase por medio de ellas.

El acto sexual es un sacramento; así lo comprendieron los pueblos antiguos. Hubo templos dedicados al amor; recordemos al Templo de Venus, en la Roma augusta de los césares: recordemos nosotros a los templos de la antigua Caldea, recordemos nosotros a los templos sagrados de la India, donde se rendía culto a eso que se llama “amor”.

En la Lemuria, otrora situada en el Continente Mú, en el Océano Pacífico, también se le rendía culto al amor (hubo en realidad de verdad, en el Continente Mú, dos procesos sexuales o dos formas de reproducción). A mediados de la Lemuria, la raza humana era conducida por los Kumarats hasta ciertos templos donde se les instruía sobre el sacramento sagrado del sexo; entonces nadie se atrevía a realizar la cópula sagrada fuera del templo. Sólo en determinadas épocas, repito, la raza humana era conducida por los Kumarats hacia los templos sagrados; se realizaban largos viajes, en determinadas fases de la Luna, todo con el propósito de reproducir la especie. Aún todavía, como recuerdo de aquello, como una reminiscencia, han quedado los “viajes de luna de miel” (allí tienen su origen y es bastante antiquísimo). En los patios empedrados de los templos sagrados, en el Continente Lemur, bajo la dirección de los sabios Kumarats, hombres y mujeres se unían para crear y volver nuevamente a crear; entonces el acto sexual era sacratísimo, no existía la morbosidad como en nuestros días, pues la gente no había entrado en el proceso involutivo, descendente, de la degeneración sexual.

Dicen viejos pergaminos o papiros sagrados que todavía existen en algunos lugares de la Tierra, que “en la Lemuria la gente se reproducía con el poder de Kriya Shakti, es decir, con el poder de la Voluntad y de la Yoga. Quienes hayan conocido alguna vez la Ciencia de los Tantras, sabrán a qué me estoy refiriendo. En el momento supremo de la cópula metafísica, señalan los viejos textos de la sabiduría antigua, hombre y mujer se retiraban de tal cópula química sin eyacular el ens seminis, es decir, la entidad del semen, pues se consideraba que el sexo, que el esperma era sagrado; nadie se atrevía entonces a profanar el sexo; esto es lo que hoy en día, podrían llamar los doctores “coitus interruptus”. Parece exagerado, pero me limito únicamente a comentar lo que dicen las tradiciones antiguas, lo que está escrito en algunos papiros y en muchos libros que actualmente existen en el Tíbet Oriental.

Al llegar a esta parte, debemos acordarnos de Sigmund Freud. En su Psicoanálisis, él dice que “es posible transmutar la libido sexual y sublimarla”. El Profesor Sigmund Freud, vienés, hijo de Austria, fue en realidad una verdadera eminencia, produjo una verdadera innovación dentro del terreno mismo de la Medicina. Muchísimos doctores lo han comentado, muchas escuelas lo han aceptado, otras lo han rechazado, pero en todo caso, ha sido muy discutido.

Cuentan que en Berlín, Alemania, antes de la segunda guerra mundial, el Fürher Hitler hizo quemar muchos libros y también entre ellos, las obras de Sigmund Freud… Me limito, pues, a los hechos, a comentar lo que tanto se ha comentado en algunos textos. En todo caso, los lemures trabajaban, dijéramos, con el sistema de Freud: sublimaban la libido sexual, e indubitablemente, obtuvieron grandes poderes cósmicos.

Todos, en la vida, hemos presentido alguna vez la existencia del Superhombre, tal como lo cita Federico Nietzsche en su libro titulado “Así hablaba Zaratustra”. Pensamos, nosotros los gnósticos, que el Superhombre realmente existió (no me refiero a un individuo en particular; me refiero a aquellos habitantes de la Lemuria). Se nos ha dicho que entonces, no existía el dolor en el parto, que las mujeres alumbraban sus hijos sin dolor; esto lo dice no solamente El Génesis, sino muchos libros religiosos antiguos. Nos limitamos, repito, a comentar esta cuestión, respetando como es natural el concepto de ustedes. En realidad de verdad, nosotros damos la enseñanza y dejamos plena libertad al auditorio para que con su mente, acepte o rechace, o interprete esta doctrina como bien quiera.

En estos precisos instantes, traigo a la memoria los lemures, lo que ellos afirman en relación con el sexo. Vivían de diez a quince siglos, eran hombres altos, tenían cuatro metros de estatura; las mujeres, un poco más medianas de cuerpo, pero también gigantes como ellos. Hablaban en un idioma que se perdió; quiero referirme, en forma enfática, al Idioma Universal, es decir, un idioma superior. Obviamente, tal idioma tiene su gramática cósmica: conozco ese idioma, conservado por las tradiciones en algunos lugares secretos, en sitios reservados. Si en aquellos tiempos se tenía que decir “buenos días”, no lo diríamos como hoy en el idioma español o en el idioma inglés: “Good Morning” o “Bon jour” etc., sino que se decía, suavemente, “Haimu”, y el otro contestaba, poniendo sus manos en el corazón: “Haimu” (es un idioma que tiene su gramática en forma de caracteres gráficos).

Ustedes habrán observado, por ejemplo, que los chinos tienen sus caracteres, y es bastante difícil aprender uno a hacer esos caracteres. Los griegos también tienen sus caracteres y el sánscrito los suyos. Pues bien, en el Idioma Universal los caracteres son rúnicos y los conservaban hasta hace poco los vikingos del norte. En todo caso, quien sepa esos caracteres, quien los entienda, indubitablemente poseerá gran erudición y estará capacitado como para entender ciertos textos que hacen alusión a la Lemuria.

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